Dejémosles trabajar

A finales de los 90 conseguí mi primer trabajo y fue en un sitio increíble. Increíble por lo que aprendí, por lo bien que me lo pasé y también por lo que sufrí.

Entré a formar parte de la unidad de Sistemas de Información en la empresa de Investigación y Desarrollo de Telefónica. Los de dentro y muchos de los de fuera lo llamábamos el Centro de Cálculo.

Sí, si esto fueran las Chicas de Oro y yo Sophia Petrillo, esta sería una historia que empezaría con: Sicilia, 1920.

En el Centro de Cálculo de Telefónica I+D nos ocupábamos de que los sistemas informáticos y de información funcionaran. Desde las máquinas que sostenían los entornos de desarrollo (en aquel entonces, allí había mucha gente trabajando en una cosa que se llamó Infovía que fue el germen de las actuales redes de conexión a internet) pero también de todos los sistemas internos de la casa: la gestión de nóminas, la aplicación para pedir las vacaciones, el acceso al correo electrónico, el control de acceso de visitantes, la centrales de comunicaciones y bastantes más cosas.

Entonces no había cosas en la “nube”; todo funcionaba en unas máquinas enormes que vivían en un sótano al que muchos llamábamos la nevera, y en el que nos pasábamos bastantes horas enfrente de unas pantallas monocolores en verde brillante, las famosas VTs.

Cuando teníamos que hacer algún cambio de software o hardware, trabajábamos por la noche. Claro. No se podían parar los entornos de desarrollo para los más de 1.200 empleados que había allí entonces. Estas ventanas de operación se solían abrir a partir de las 10 o las 11 de la noche y allí nos quedábamos hasta que todo funcionaba (con suerte, la mayor parte de las veces) o hasta que dejábamos todo como estaba (porque el cambio no había ido bien). El caso es que debía ser transparente (o casi) para nuestros usuarios.

Un día teníamos que cambiar entera la máquina más grande que había. Era la que tenía toda la identificación de empleados, los sistemas de acceso, las cuentas de correo… Una perita en dulce. Si el cambio iba mal y no lo podíamos arreglar, al día siguiente no iba a poder trabajar nadie.

Y para ser sinceros la cambiamos porque no teníamos más remedio. La que había se había quedado pequeña; pero apetecernos, nada. Las posibilidades de que algo saliera mal eran bastante grandes. Tened en cuenta que entonces había muchas cosas que se hacían manualmente y había muchos problemas de sistemas no descritos (bueno, eso quizás siga pasando ahora).

El diseño de lo que íbamos a hacer nos había ocupado un par de semanas. La máquina nueva llevaba en pruebas de rendimiento casi un mes; se habían adelantado todos los trabajos que se podían. Habíamos diseñado los procesos de volcado de información y vuelta atrás; y se habían probado. Estaba, o eso creíamos, todo controlado.

Llegó el día D y nos fuimos a la oficina.

La cosa empezó bien: las instalaciones básicas y los primeros volcados de información fueron como la seda. Llevábamos allí cuatro horas y no habíamos tenido ningún problema grave. Serían como las tres o las cuatro de la mañana y solo quedaba volcar la base de usuarios y replicar las cuentas de correo. ¡Lo habíamos conseguido!

La última parte del proceso la llevaba a cabo un programa que habíamos hecho para que copiara los registros de los usuarios. Era un proceso que no se podía interrumpir o crearía inconsistencias.

Iba a ser la primera vez que acabáramos uno de nuestros trabajos nocturnos sin incidencias grandes (siempre pasa algo cuando se toca en producción; siempre). Iba a ser…

A mitad del proceso apareció un error en uno de los discos. No era recuperable. Se quedó todo colgado. Ay.

Recuerdo como me invadió un sudor frío y no fui la única.

Eran las cinco de la mañana, en tres horas iba a empezar a llegar la gente y teníamos dos máquinas enormes que en ese momento no valían para nada más que para hacer de pisapapeles. Ay. Ay.

A las 7 aún no habíamos recuperado los sistemas pero teníamos un plan y estábamos en ello.

A las 8, el teléfono empezó a sonar. En una empresa en la que muchos saben de tecnología, hubo de todo: cómo podéis haberlo hecho tan mal; lo que tenéis que hacer es…; os mando a alguno de mis chicos que eso enseguida lo arreglan… Algunos nos dijeron: ¿necesitáis algo? ¿cómo os podemos ayudar?

Y recuerdo como mi jefe a todas las llamadas contestaba lo mismo: por favor, dejadnos trabajar.

Sí, los errores existen. Seguro que tuvimos parte de culpa: no estábamos preparados para lo que pasó; no imaginamos que el fallo fuera como fue. Pero desde luego éramos los que más oportunidades teníamos de arreglarlo.

Para las 10 y media de la mañana estaba todo arreglado. Tuvimos que dar marcha atrás y recuperar la máquina vieja cambiándole el disco que se había quedado frito y volver a poner en su sitio todos los sistemas. Pero lo conseguimos.

Ni siquiera en algo tan “fácil” como la tecnología es todo blanco o negro, así que en la vida menos. Aquello que fue un problema para el resto de la compañía y una crisis gigante para nosotros nos trajo un montón de aprendizajes. Y solo me quedo con uno ahora:

Cuando hay gente ocupándose de lo que pasa, déjales trabajar. Quizás sabes más (o eso crees), quizás te gustaría que se ocuparan otros de los problemas, quizás los que están ocupándose no te merezcan confianza. No lo sé.

Hasta que no te metes en el barro y ves de verdad cómo de grande es lo que está pasando y todas sus implicaciones, no puedes estar seguro de que lo harías mejor. Y si el problema es lo suficientemente complejo en un entorno lo suficientemente grande con muchos elementos relacionados, todos vamos a cometer errores.

Así que, sea como sea, dejémosles trabajar. Y pidamos cuentas, si las tenemos que pedir, luego.

Cuidaos. Eso sí lo tenemos en nuestra mano ahora.

PD:/ Aunque hace mucho tiempo que cambié de vida y ya no me dedico a estas cosas, no hay día que no me acuerde de la gente que ahora, en esta crisis, está en operaciones en las telcos, ocupándose de que las redes de comunicaciones funcionen para que todos podamos seguir conectados. Gracias.